De manera sutil casi sigilosa una
mujer pone lo que parece una bandeja de alimento sobre la mesa del cuarto de mi
mama. Se retira y mi papa se levanta. Con pasos suaves y movimientos envueltos
en uno de sus múltiples silencios, acerca la bandeja hacía mi madre. En esa
instante inicia uno de los mejores momentos del día, el la corteja con un amor
que solo puede construirse después de casi 50 años de matrimonio. Le acaricia
el pelo, le pasa la sopa y le conversa y admira mientras ella se alimenta. No
puede considerase una cena con velas y violines pero indudablemente es una cita
romántica a la cual ellos se han juntado. Se sonríen y coquetean mientras ella
refunfuña contra el sinsabor de los alimentos que le han traído. El cambia sus
sonidos por risas y suaves comentarios de burla coqueta a sus quejas. La admira
y responde a sus preguntas, a sus miles de preguntas sobre la sopa, sobre su
herida, sobre el proceso que están viviendo. Yo me alejo, me siento en otro
lugar a admirar lo que solo el tiempo, la lucha y su complicidad han
construido. Un lenguaje de señas y silencios, de risas y sobre todo de calma,
la calma que se generan el uno al otro. El camina dos pasos al pie de su cama y
se acerca de nuevo a su lado y la vuelve a mirar. Ella pregunta por el segundo
plato y el le enseña, se quejan juntos y el empieza a cortar lo que parece un
pollo. Se sonríen, es la primera vez que le veo a él sonreír después de la
operación. Le acerca el segundo plato y se aleja de nuevo mientras ella se
queja sobre el arroz, vuelven a sonreírse. No, no es la escena de una película
de Hollywood, no es la cita al atardecer pero a esta hora, todos los días,
ellos se juntan a pasar su complicidad en el cuarto de un hospital y sin querer
notarlo se convierten en la pareja más romántica del piso de cuidados
intensivos, el en sus silencios, ella en su dolor, y ambos envueltos por ese
amor incondicional que hace 50 años se juraron cuidar.
4/oct/2012
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