Hay siempre un tiempo muerto que transcurre por los corredores de este espacio sin fronteras. Recorre como un sistema invisible, un aire que transgrede a todos, un inacabado y una transición constante. Es un espacio vacío, realmente vacío, un espacio en pausa, un siempre será. Nadie se ve a los ojos, es como si cada paso que se diera fuera a medias pues siempre estas en transición. No hay nadie aquí, sin embargo, todos se sienten como en casa, como si el tiempo del fui y me quede creara su propia sensación de hogar. Siempre a la espera, una espera que cruza sentimientos de emoción, de irse y de volver y ahí es donde todo pierde el limite de lo conocido. “Disculpe aquí es a Lima?” no siga a la puerta de alado”, le dice un joven a una mujer que entre el niño que carga y la maleta que la lleva no termina de encajar en sus pasos y se tropieza y corre y se indigna por llegar, a una puerta, a una transición más. Quizás, eso es lo que le da su encanto fantasmal, ese espacio que nunca se termina de dibujar, ese, a medias, que no tiene fronteras, ni nacionalidades, ni encuentros ni despedidas, esa eterna sala de espera, que nos envuelve en ajetreos, en pasatiempos y en esa idea del me fui.
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