ODA A SENSACIONES
Recuerdo la primera vez que escuche el sonido de las teclas de ese piano, como se movían al compás del viento de páramo. Podía uno sentir como se te enfriaba el cuerpo hasta romperte los huesos, con un amor despiadado de frió templado, de hielo de cordillera. Y de pronto, todo bajaba, y te envolvía en un silencio abierto, lleno de pequeñas estrellas. Claro, alumbrados con las noches de luna, envueltos entre los golpes de fuego de una fogata, entre colores macizos y tierra de los ponchos que alegremente nos robábamos para mantenernos amurallados contra el frió cortante de la montaña. Subían y bajaban esas teclas, desesperadas por correr por estas largas hileras de paja que cubren las frías lomas. Retumbaban, golpeaban y se encontraban, se envolvían entre el calor del fuego, la masa confusa de nuestros ponchos y el viento helado que intentaba empujarnos. Y poco a poco iba acabando aquella canción que tanto me recuerda hasta ahora a esa sensación de libertad.
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