Thursday, October 22, 2009

¿Qué es lo real y qué es la representación?

Para mí está muy claro que no existe lo visiblemente real, todo aquello que se visibiliza pasa a ser la representación de lo real. De tal modo, lo real es todo lo que escapa de la representación, todo aquello que es irrepresentable, aquello que elude a convertirse en significación. Con esta idea como eje central, me planteé analizar la transformación, desde mi representación, de los binarios, femenino en un espacio masculino (el bus)

El primer paso a esta transformación fue interno, desde mi propio concepto de mujer. Hacerme un cambio de imagen, desde el ir a una peluquería, peinarme y buscar la ropa más femenina para autorepresentarme frente al mundo, fue en sí mismo un proceso personal que marcó cuestiones íntimas sobre mi manera de ser mujer.

Me pregunté si yo era o no femenina, si era suficiente mi feminidad o muy leve para percibirla. Me cuestioné sobre mi posición como mujer, sobre mis gustos e incluso sobre mi visión, esa que creo mía, pero que no es más que una versión controlada por la norma que nos impone cómo ver el mundo y como vernos dentro de él. Mis espacios fueron demarcados por mi apariencia, mis poses, mi peinado, mis labios. Descompuse mi propio cuerpo para comprender de mejor manera el conjunto.

Al ingresar en el bus, me di cuenta que muchas de mis capacidades de camuflaje se desvanecían. Me vi vulnerable cuando, al alejarme de mi zona de seguridad descubrí que carezco de capacidad para representarme a partir de la reestructuración de mi propio ser. La primera impresión fue dejar de lado la sonrisa, una de mis armas más fuertes frente a la timidez. Debía dejar de sonreír, pararme instintivamente de una manera masculina y proyectar con mi cuerpo una seguridad espacial. Tome rápido el rol de cobrador@, pero marcada por una forma teatral de significarme. Tomar un rol no mío y representarlo, como un actor hace dentro del teatro, realizar una dramatización.

Aunque mi apariencia proyectaba lo que para mi era ser femenina, mis intentos de masculinidad se veían afectados por la timidez, el miedo y la inconformidad espacial del cuerpo, me sentía ajena al proceso.

En ese punto, me di cuenta que la producción de uno mismo es en sí una construcción más allá de nuestras aptitudes, es una construcción de vida, experiencia y, sobre todo, de nuestro contexto social. Sabía que no era mi lugar y como tal aprendí a narrarlo desde mi otredad, se me imposibilito representar al otro porque su realidad nunca fue construida igual a la mía.

Lo crucial de este proceso fue el autoanálisis de mi cuerpo frente a mí misma y a los ojos del otro/a. Mi reto fue dejar de lado estas construcciones mentales que marcan mi cuerpo y comenzar a entender que, es a partir de éste, desde donde incorporo la norma externa para lograr inconscientemente naturalizarla como costumbre. Despojarme de un cuerpo que ha sido marcado por la experiencia y su contexto, fue el mayor reto de la autorepresentación.

La costumbre termina siendo nuestra propia capacidad de creernos los papeles que hemos tomado en la vida desde la infancia. Aunque es todo un teatro, esos espacios los hemos hecho nuestros y reestructurarlos significa volver a experimentar desde el cuerpo las prácticas vividas.

¿Es el cuerpo nuestra propia muleta para transformar nuestras representaciones? Es una muleta y un impedimento pues debilita nuestra capacidad para reconstruirnos y reformularnos ante la vida. Nos transformamos y cambiamos constantemente pero nuestra esencia corporal está vetada de cambios sustanciales, es una absurda incapacidad de ser lo que nunca se marcó en nosotros, ser cuerpo de otro cuerpo.

A partir de nuestros cuerpos y sus interacciones comenzamos a recrear y representar las situaciones sociales, que luego se marcan como estructuras fijas de pensamiento y norma. Podemos romper la norma, o al menos jugar a romperla, pero su restructuración es la que es imposible pues está impuesta desde el subconsciente del ser humano como un ojo vigilante de los espacios sociales, como la sociedad panóptica de Foucault. Somos el reflejo de un espejismo, somos al final la representación de una ilusión real.

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